¿Nunca sentiste cómo de golpe sos otra persona, y que no sabés cómo ni cuándo pasó?
Yo no sé quién soy a estas alturas, pero tampoco debería pretender saberlo, me parece. Vivir es complicado de por sí, y soy prisionera de mis propias costumbres.
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19.1.07
13.1.07
Mi año nuevo, mis resoluciones, y otras observaciones más
Mi año nuevo no fue óptimo. Tal vez, sí la noche de año nuevo en sí, pero el resto... quisiera ser justa sin juzgar. Quisiera poder hablar sin criticar sin fundamentos. Lo que puedo decir, escuetamente y en toda justicia, es que estar con mis viejos me pone muy nerviosa, tal vez por las diferencias de carácter y temperamento que hay entre ellos y yo.
Y hubo algunos eventos que me sacaron de quicio. Presa de la ansiedad, comí de más en los 10 días que pasé allá. Y engordé varios kilos, no obscenamente, pero sí al punto de que los pantalones que usaba hace un mes ya no me entran. Así que regresé y me puse a hacer dieta.
Sin embargo, obligada a reflexionar por mi propia naturaleza, que necesita saber el motivo u origen de todo, me pregunté por qué había tenido que comer de más, y descubrí que siempre es así en mí, que cada vez que un evento me supera, tengo que encontrar comida, y la como, y la como, no porque tenga hambre, sino porque tengo que llenar un vacío, una nada que llevo dentro. No disfruto lo que estoy comiendo, en el fiondo, porque sé que hago mal, sé que voy a engordar o que ya engordé y que no debería estar comiendo, pero es más fuerte ese vacío que cualquier razonamiento que pueda hacer. Tal vez la comida sea una adicción para mí, del mismo modo que para algunos lo es el cigarrillo. Y esta proposición, que escribí sazonada por el modo hipotético, en realidad es cierta.
Sin embargo, mi voluntad no me abandona para siempre, y cuando llego al punto que considero límite (dícese, engordar seis o cinco kilos) hago dieta.
Recuperar mi antiguao peso va a ser largo y penoso, y , ahora lo veo, no voy a poder hacer ninguna excepción, ni siquiera en el día de mi cumpleaños, porque cada vez que me salgo de la dieta, indefectiblemente tengo una recaida, y después vuelvo a comer de más. Como le pasa al adicto a alcohol, que no puede beber ni un sorbo una vez recuperado.
Y sin embargo, en muy pocos lados se habla de la adicción a la comida, y es tan común... tal vez porque los únicos resultados sean personas gordas. En canal 13 hay un programa que se llama Cuestión de peso y ahí van personas que tienen la enfermedad, la misma que yo, pero en un estado gravísimo o grave. Gente que pesa 150 kilos y debería pesar 65, o 70. Me dan mucha pena, porque tienen la misma enfermedad que yo, pero su punto límite no fueron 5 kilos. Tal vez, a mí me salva mi fuerza de voluntad. Pero me ha fallado tan seguido, que me siento defraudada por ella. Espero que esta vez me acompañe, y que no vuelva a tener esas ansias y ansiedades.
¿Por qué escribo esto? Tal vez, porque pretendo que otros me digan que no estoy tan rayada, que no estoy sola, que hay miles como yo, que lo ocultan tras ejercicios o dietas y sonrisas perfectas de odontólogo. Quiero que me entiendan. Pero también, escribo esto porque quiero descifrar el misterio que soy para mí misma. ¿Quién soy yo? Vivo conmigo desde que nací y sin embargo, muchas veces me sorprendo. No me comprendo del todo, y tal vez no lo haga nunca.
Nada queda oculto. Estas cosas que yo hoy voy tapiando, algún día van a quedar a la luz, a vista de Dios, es más, qué digo algún día, ya mismo lo están. Yo soy esto que digo de mí, lo admito. Porque sé que admitir que se tiene un problema es el primer paso necesario para solucionarlo o intentar hacerlo.
Yo no creo que por maldad uno se niegue a sí mismo este tipo de cosas. Creo que es por debilidad. No es fácil plegarse, ser sujeto y objeto de observación crítica al mismo tiempo. No es fácil mirarse al espejo, porque nuestro modo de vivir, entre cosas materiales y ruidos y divertimentos, ensucian al espejo. Nos hacen olvidar que está ahí.
Y hubo algunos eventos que me sacaron de quicio. Presa de la ansiedad, comí de más en los 10 días que pasé allá. Y engordé varios kilos, no obscenamente, pero sí al punto de que los pantalones que usaba hace un mes ya no me entran. Así que regresé y me puse a hacer dieta.
Sin embargo, obligada a reflexionar por mi propia naturaleza, que necesita saber el motivo u origen de todo, me pregunté por qué había tenido que comer de más, y descubrí que siempre es así en mí, que cada vez que un evento me supera, tengo que encontrar comida, y la como, y la como, no porque tenga hambre, sino porque tengo que llenar un vacío, una nada que llevo dentro. No disfruto lo que estoy comiendo, en el fiondo, porque sé que hago mal, sé que voy a engordar o que ya engordé y que no debería estar comiendo, pero es más fuerte ese vacío que cualquier razonamiento que pueda hacer. Tal vez la comida sea una adicción para mí, del mismo modo que para algunos lo es el cigarrillo. Y esta proposición, que escribí sazonada por el modo hipotético, en realidad es cierta.
Sin embargo, mi voluntad no me abandona para siempre, y cuando llego al punto que considero límite (dícese, engordar seis o cinco kilos) hago dieta.
Recuperar mi antiguao peso va a ser largo y penoso, y , ahora lo veo, no voy a poder hacer ninguna excepción, ni siquiera en el día de mi cumpleaños, porque cada vez que me salgo de la dieta, indefectiblemente tengo una recaida, y después vuelvo a comer de más. Como le pasa al adicto a alcohol, que no puede beber ni un sorbo una vez recuperado.
Y sin embargo, en muy pocos lados se habla de la adicción a la comida, y es tan común... tal vez porque los únicos resultados sean personas gordas. En canal 13 hay un programa que se llama Cuestión de peso y ahí van personas que tienen la enfermedad, la misma que yo, pero en un estado gravísimo o grave. Gente que pesa 150 kilos y debería pesar 65, o 70. Me dan mucha pena, porque tienen la misma enfermedad que yo, pero su punto límite no fueron 5 kilos. Tal vez, a mí me salva mi fuerza de voluntad. Pero me ha fallado tan seguido, que me siento defraudada por ella. Espero que esta vez me acompañe, y que no vuelva a tener esas ansias y ansiedades.
¿Por qué escribo esto? Tal vez, porque pretendo que otros me digan que no estoy tan rayada, que no estoy sola, que hay miles como yo, que lo ocultan tras ejercicios o dietas y sonrisas perfectas de odontólogo. Quiero que me entiendan. Pero también, escribo esto porque quiero descifrar el misterio que soy para mí misma. ¿Quién soy yo? Vivo conmigo desde que nací y sin embargo, muchas veces me sorprendo. No me comprendo del todo, y tal vez no lo haga nunca.
Nada queda oculto. Estas cosas que yo hoy voy tapiando, algún día van a quedar a la luz, a vista de Dios, es más, qué digo algún día, ya mismo lo están. Yo soy esto que digo de mí, lo admito. Porque sé que admitir que se tiene un problema es el primer paso necesario para solucionarlo o intentar hacerlo.
Yo no creo que por maldad uno se niegue a sí mismo este tipo de cosas. Creo que es por debilidad. No es fácil plegarse, ser sujeto y objeto de observación crítica al mismo tiempo. No es fácil mirarse al espejo, porque nuestro modo de vivir, entre cosas materiales y ruidos y divertimentos, ensucian al espejo. Nos hacen olvidar que está ahí.
9.12.06
Lo que hay en mi cabeza
Estaba estudiando cuando decidí tomarme un pequeño descanso.
Escribir acá me relaja, me hace dejar de preocuparme por otras cosas que no sean las palabras mismas, porque no hay nada más allá de este cuadro, sino que lo único que existe es lo que quiero decir y las palabras más adecuadas para hacerlo.
Me hace acordar a cuando escribía mi diario. Guardé únicamente el último, porque realmente me daba vergüenza haber sido tan adolescentemente estúpida.
Pero escribir acá es diferente, porque cualquiera que sepa la página, puede simplemente abrirla con un navegador, y leer lo que escribí hace dos minutos atrás. Tampoco creo que suceda nada de eso. Sé que cada tanto, alguien lee lo que escribo, pero la gente que más me importa que lo haga, no lo hace, en una de las tantas aplicaciones de la ley de Murphy. Que son tantas, que ya no vale la pena explicitarlas.
Yo tengo un grave problema de comunicación con mi familia. Los quiero y me quieren. Pero no saben (y creo que nunca supieron) verme tal cual soy. Eso es también mi culpa, porque cansada de no ser vista, comencé a interpretar un papel frente a ellos. El de la hija convencional.
Han tenido más de una oportunidad para darse cuenta de que no lo soy, o más bien, de que no es eso lo que más me hace feliz. Porque no hubiera podido interpretar tantos años ese rol si algo en mí no fuera como el papel lo requiere.
Uno tiene que encontrar algo del papel en sí mismo para poder interpretarlo. Aunque sea un pequeñísimo aspecto de uno mismo.
Son los condicionamientos externos, los de tu familia, los que te imprimen la necesidad de ser de una manera determinada o de otra. Si toda tu vida te dicen que sos responsable, desde chiquito, vas a interpretar ese papel. Tanto, que terminarás creyéndotelo. Y si no lo eras, quedás atrapado de todas formas en el papel, después de años y años de interpretarlo.
Mi madre, por ejemplo. Ella ve en mí lo que tiene ganas de ver. Es la persona más ingenua del mundo, descontando tal vez a Santa Teresita del Niño Jesús, y a la población infantil. Leyó lo que había empezado a escribir, y dijo que era como si hubiera condensado toda la sabiduría del mundo y la hubiese puesto en mi novela. Esas fueron sus palabras. Exactamente. Toda la sabiduría del mundo. Me gustó mucho saber que ella había disfrutado lo que escribí, pero tuve que dejar de lado su crítica. No me pareció seria.
Mamá, yo te quiero, pero cuántas veces te desprecié por ser como sos. Porque no me supiste preparar para la mierda de este mundo. Yo nunca fui tan ingenua, pero tampoco estaba preparada para los porrazos que el mundo distribuye tan gratuitamente. Lo más difícil que había tenido que superar antes de venirme a vivir sola fueron situaciones como la muerte de mi abuela, a los 6 años, más o menos, o un ataque de ira de mi papá cuando osé decirle que era un boludo por X cosa que ya no recuerdo, y él golpeó la puerta de mi cuarto con tanta fuerza que tuve miedo de que me pegara a mí. Después de eso, tuve miedo siempre de decirle lo que pensaba a mi papá. Porque decir la verdad equivalía a ser rechazada.
Mi papá es una persona violenta. Nunca me puso un dedo encima, pero su violencia es moral. Puede decirte sin ningún remordimiento que no servís para nada. ¿Sus hijos han sido siempre una desilusión? No sabría decirlo; pero lo que sí sé es que a mí el miedo me llevó a vivir de modo "perfecto" para evitar otro golpe en la puerta.
Yo no los odio, a ninguno de los dos. Empecé a ver sus errores desde hace tiempo ya. Pero nunca me di la libertad de decirles exactamente lo que pensaba. Sin embargo, esto también es cobarde, porque no se los digo a la cara. Ojalá algún día tenga el coraje suficiente como para poder sacarme la máscara. Poder decirles que ellos no han sido perfectos, que me lastimaron al criarme, porque no supieron verme a mí, y siempre vieron lo que querían ver de mí. Y que lo mismo le hicieron a mis hermanos. Con su plan de "eso se discute puertas adentro", nunca hablamos sinceramente. Las "discusiones" en mi casa siempre fueron verticalistas: por el principio de autoridad nos pasaban desde arriba la sacrosanta verdad, la experiencia y lo correcto, y nosotros, las criaturas inferiores en sabiduría, recibíamos la iluminación.
Que tengamos nuestra opinión es malo, si no concuerda con la de ellos. Mi mamá no es así, ése es mi papá, pero como ella nunca se opuso a mi padre frente a nosotros, da lo mismo si piensa o pensaba igual o diferente. Las veces que hablé con mamá, ella por atrás me dijo que no pensaba igual que papá en muchas cosas. Pero jamás lo puteó en una discusión abierta de toda la familia, ni jamás le dijo "sos un pelotudo por pensar así, un pelotudo soberbio". Con lo que avaló frente a nuestros ojos todas las cosas que nos dijo mi papá. Con lo que mi papá se transformó en esa figura mística que no se contradice jamás. A mí me hubiera ayudado saber que mis viejos discutían sobre lo que estaba bien o mal. Me hubiera dado otra seguridad de que no hay una verdad única y sacrosanta que viene desde arriba, y que ellos no eran infalibles.
Y mis errores, que no tienen nombre: yo les contaba todo lo que hacía Santiago. Les pasaba toda la data. Mi hermano llegó a odiarme, casi. Creo que lo desilusioné mucho. Y mi mamá, con sus anteojeras de ingenuidad, nunca supo ver lo que estaba pasando: que con lo que yo hacía, de contarles, me alejaba de Santiago.
Aun así, soy quien soy. No maté a nadie, no lastimé a nadie demasiado, no miento demasiado, aunque sí miento muchas veces, sobretodo a mis padres, porque es más fácil mentirles que decirles la verdad. Hui de mi casa, con su avenimiento, es cierto, porque ya no soportaba vivir con ellos. No porque hicieran nada malo, sino porque nunca en su puta vida se interesaron por lo que a mí me interesa. La sorpresa de mi mamá: "¿estás escribiendo una novela?" Sí, mamá, escribo.
Escribo poesías desde los 16, y nunca se te ocurrió decirme, cuando las leías, las pocas veces que te las daba, que eran buenas, que siga, porque iba a llegar lejos.
Y sin embargo, acá estoy. Escribo. Seguí escribiendo a pesar de todo eso, lo cual habla de que a pesar de todo, a pesar de mis miedos y mi necesidad de aceptación, a pesar de haberlo pospuesto por la carrera de abogacía, a pesar de la total falta de apoyo y aliciente de parte de mis padres, es lo que realmente quiero hacer. Lo cual habla de la fuerza de la vocación. Yo leí mucho de la vocación, en la UCA, para Filosofía II. Vocación como llamado a hacer lo que uno es. Cumpliendo la vocación es como uno se hace realmente uno mismo. Yo escribiría aunque estuviese prohibido, aunque me cobraran multas, aunque nadie leyera lo que escribo. Lo haría igual. Cualquier otra cosa que hiciera, no me satisfaría como lo hace escribir. Escribiría aunque todo el mundo dijese que escibo bazofias, que no tengo técnica, que no tengo nada que decir. Porque al escribir me siento feliz, mientras que haciendo cualquier otra cosa, estoy, como mucho, contenta.
Escribir acá me relaja, me hace dejar de preocuparme por otras cosas que no sean las palabras mismas, porque no hay nada más allá de este cuadro, sino que lo único que existe es lo que quiero decir y las palabras más adecuadas para hacerlo.
Me hace acordar a cuando escribía mi diario. Guardé únicamente el último, porque realmente me daba vergüenza haber sido tan adolescentemente estúpida.
Pero escribir acá es diferente, porque cualquiera que sepa la página, puede simplemente abrirla con un navegador, y leer lo que escribí hace dos minutos atrás. Tampoco creo que suceda nada de eso. Sé que cada tanto, alguien lee lo que escribo, pero la gente que más me importa que lo haga, no lo hace, en una de las tantas aplicaciones de la ley de Murphy. Que son tantas, que ya no vale la pena explicitarlas.
Yo tengo un grave problema de comunicación con mi familia. Los quiero y me quieren. Pero no saben (y creo que nunca supieron) verme tal cual soy. Eso es también mi culpa, porque cansada de no ser vista, comencé a interpretar un papel frente a ellos. El de la hija convencional.
Han tenido más de una oportunidad para darse cuenta de que no lo soy, o más bien, de que no es eso lo que más me hace feliz. Porque no hubiera podido interpretar tantos años ese rol si algo en mí no fuera como el papel lo requiere.
Uno tiene que encontrar algo del papel en sí mismo para poder interpretarlo. Aunque sea un pequeñísimo aspecto de uno mismo.
Son los condicionamientos externos, los de tu familia, los que te imprimen la necesidad de ser de una manera determinada o de otra. Si toda tu vida te dicen que sos responsable, desde chiquito, vas a interpretar ese papel. Tanto, que terminarás creyéndotelo. Y si no lo eras, quedás atrapado de todas formas en el papel, después de años y años de interpretarlo.
Mi madre, por ejemplo. Ella ve en mí lo que tiene ganas de ver. Es la persona más ingenua del mundo, descontando tal vez a Santa Teresita del Niño Jesús, y a la población infantil. Leyó lo que había empezado a escribir, y dijo que era como si hubiera condensado toda la sabiduría del mundo y la hubiese puesto en mi novela. Esas fueron sus palabras. Exactamente. Toda la sabiduría del mundo. Me gustó mucho saber que ella había disfrutado lo que escribí, pero tuve que dejar de lado su crítica. No me pareció seria.
Mamá, yo te quiero, pero cuántas veces te desprecié por ser como sos. Porque no me supiste preparar para la mierda de este mundo. Yo nunca fui tan ingenua, pero tampoco estaba preparada para los porrazos que el mundo distribuye tan gratuitamente. Lo más difícil que había tenido que superar antes de venirme a vivir sola fueron situaciones como la muerte de mi abuela, a los 6 años, más o menos, o un ataque de ira de mi papá cuando osé decirle que era un boludo por X cosa que ya no recuerdo, y él golpeó la puerta de mi cuarto con tanta fuerza que tuve miedo de que me pegara a mí. Después de eso, tuve miedo siempre de decirle lo que pensaba a mi papá. Porque decir la verdad equivalía a ser rechazada.
Mi papá es una persona violenta. Nunca me puso un dedo encima, pero su violencia es moral. Puede decirte sin ningún remordimiento que no servís para nada. ¿Sus hijos han sido siempre una desilusión? No sabría decirlo; pero lo que sí sé es que a mí el miedo me llevó a vivir de modo "perfecto" para evitar otro golpe en la puerta.
Yo no los odio, a ninguno de los dos. Empecé a ver sus errores desde hace tiempo ya. Pero nunca me di la libertad de decirles exactamente lo que pensaba. Sin embargo, esto también es cobarde, porque no se los digo a la cara. Ojalá algún día tenga el coraje suficiente como para poder sacarme la máscara. Poder decirles que ellos no han sido perfectos, que me lastimaron al criarme, porque no supieron verme a mí, y siempre vieron lo que querían ver de mí. Y que lo mismo le hicieron a mis hermanos. Con su plan de "eso se discute puertas adentro", nunca hablamos sinceramente. Las "discusiones" en mi casa siempre fueron verticalistas: por el principio de autoridad nos pasaban desde arriba la sacrosanta verdad, la experiencia y lo correcto, y nosotros, las criaturas inferiores en sabiduría, recibíamos la iluminación.
Que tengamos nuestra opinión es malo, si no concuerda con la de ellos. Mi mamá no es así, ése es mi papá, pero como ella nunca se opuso a mi padre frente a nosotros, da lo mismo si piensa o pensaba igual o diferente. Las veces que hablé con mamá, ella por atrás me dijo que no pensaba igual que papá en muchas cosas. Pero jamás lo puteó en una discusión abierta de toda la familia, ni jamás le dijo "sos un pelotudo por pensar así, un pelotudo soberbio". Con lo que avaló frente a nuestros ojos todas las cosas que nos dijo mi papá. Con lo que mi papá se transformó en esa figura mística que no se contradice jamás. A mí me hubiera ayudado saber que mis viejos discutían sobre lo que estaba bien o mal. Me hubiera dado otra seguridad de que no hay una verdad única y sacrosanta que viene desde arriba, y que ellos no eran infalibles.
Y mis errores, que no tienen nombre: yo les contaba todo lo que hacía Santiago. Les pasaba toda la data. Mi hermano llegó a odiarme, casi. Creo que lo desilusioné mucho. Y mi mamá, con sus anteojeras de ingenuidad, nunca supo ver lo que estaba pasando: que con lo que yo hacía, de contarles, me alejaba de Santiago.
Aun así, soy quien soy. No maté a nadie, no lastimé a nadie demasiado, no miento demasiado, aunque sí miento muchas veces, sobretodo a mis padres, porque es más fácil mentirles que decirles la verdad. Hui de mi casa, con su avenimiento, es cierto, porque ya no soportaba vivir con ellos. No porque hicieran nada malo, sino porque nunca en su puta vida se interesaron por lo que a mí me interesa. La sorpresa de mi mamá: "¿estás escribiendo una novela?" Sí, mamá, escribo.
Escribo poesías desde los 16, y nunca se te ocurrió decirme, cuando las leías, las pocas veces que te las daba, que eran buenas, que siga, porque iba a llegar lejos.
Y sin embargo, acá estoy. Escribo. Seguí escribiendo a pesar de todo eso, lo cual habla de que a pesar de todo, a pesar de mis miedos y mi necesidad de aceptación, a pesar de haberlo pospuesto por la carrera de abogacía, a pesar de la total falta de apoyo y aliciente de parte de mis padres, es lo que realmente quiero hacer. Lo cual habla de la fuerza de la vocación. Yo leí mucho de la vocación, en la UCA, para Filosofía II. Vocación como llamado a hacer lo que uno es. Cumpliendo la vocación es como uno se hace realmente uno mismo. Yo escribiría aunque estuviese prohibido, aunque me cobraran multas, aunque nadie leyera lo que escribo. Lo haría igual. Cualquier otra cosa que hiciera, no me satisfaría como lo hace escribir. Escribiría aunque todo el mundo dijese que escibo bazofias, que no tengo técnica, que no tengo nada que decir. Porque al escribir me siento feliz, mientras que haciendo cualquier otra cosa, estoy, como mucho, contenta.
27.8.06
Las obras de arte son eternas
Por eso escribo, porque quiero poder darle palabras a una voz que sea arte. Yo quiero ser arte, respirar arte, morir arte. Quiero sacar de mi pluma, desde lo más profundo de mi pluma, esa voz que todos quieran escuchar, sin que importe el color de su piel o el mío, la comida que comemos, el lugar en el que vivimos, o el Dios en el que creemos.
Yo quiero ser arte, y hacer arte. Ambas cosas, que no son lo mismo, pero que vividas, son iguales. ¿Por qué quiero algo así? Porque no puedo querer otra cosa. Muchas veces me pregunté quién era. Si era buena en lo que hacía, si era buena actriz, buena escritora, buena poeta. Y durante muchos años viví bajo la sombra del miedo a no serlo. Durante muchos años, miré a mis padres a la cara, sin entender por qué lo que para mí era vital, para ellos era una esfera de mí que no existía. Pero sé que soy injusta. La que no se animó, la que esperó escribiendo año tras año en la soledad de un cuarto, sin dejar que otros vieran las palabras que fluían de mi alma... era yo.
Dudo que todo lo que he escrito hasta ahora sea bueno. Pero sé que no era malo, y ciertamente no era inexistente. Sin embargo, la toría de la inexistencia de mi arte era la que prevalecía en el seno de mi familia. La dosctrina era unánime al respecto: "Del arte no se bebe, no se come, no se vive. El arte es para otros, no para nosotros."
Y yo, por el miedo al rechazo, escondía mis poesías y mis cuentos y mis diarios. A mis diarios de la adolescencia, incluso los rompí. Ésos en los que había dado tanto de mí misma, de mis lágrimas, de mis sueños. Rompí todos mis diarios, exceptuando al último. Y después, dejé de escribirlos. Para ser seria. Para dedicarme a una profesión rentable.
Pero si uno le da la espalda a lo que más ama hacer en el mundo, ¿para qué está vivo entonces? Yo diría que para pagar cuentas y comprar cosas, pero no para vivir. Si uno no hace aquello que le da felicidad, queda ahogado por el mundo.
Realmente, vivir... ¿para qué? En mi caso, para ser arte, y hacer arte. Vivir, porque sólo hay una vida, y es mejor no tenerla, a ahogarla con objetos comprados con dinero sucio; dinero obtenido con la peor traición de todas: la traición a uno mismo.
Yo quiero ser arte, y hacer arte. Ambas cosas, que no son lo mismo, pero que vividas, son iguales. ¿Por qué quiero algo así? Porque no puedo querer otra cosa. Muchas veces me pregunté quién era. Si era buena en lo que hacía, si era buena actriz, buena escritora, buena poeta. Y durante muchos años viví bajo la sombra del miedo a no serlo. Durante muchos años, miré a mis padres a la cara, sin entender por qué lo que para mí era vital, para ellos era una esfera de mí que no existía. Pero sé que soy injusta. La que no se animó, la que esperó escribiendo año tras año en la soledad de un cuarto, sin dejar que otros vieran las palabras que fluían de mi alma... era yo.
Dudo que todo lo que he escrito hasta ahora sea bueno. Pero sé que no era malo, y ciertamente no era inexistente. Sin embargo, la toría de la inexistencia de mi arte era la que prevalecía en el seno de mi familia. La dosctrina era unánime al respecto: "Del arte no se bebe, no se come, no se vive. El arte es para otros, no para nosotros."
Y yo, por el miedo al rechazo, escondía mis poesías y mis cuentos y mis diarios. A mis diarios de la adolescencia, incluso los rompí. Ésos en los que había dado tanto de mí misma, de mis lágrimas, de mis sueños. Rompí todos mis diarios, exceptuando al último. Y después, dejé de escribirlos. Para ser seria. Para dedicarme a una profesión rentable.
Pero si uno le da la espalda a lo que más ama hacer en el mundo, ¿para qué está vivo entonces? Yo diría que para pagar cuentas y comprar cosas, pero no para vivir. Si uno no hace aquello que le da felicidad, queda ahogado por el mundo.
Realmente, vivir... ¿para qué? En mi caso, para ser arte, y hacer arte. Vivir, porque sólo hay una vida, y es mejor no tenerla, a ahogarla con objetos comprados con dinero sucio; dinero obtenido con la peor traición de todas: la traición a uno mismo.
22.8.06
¿Por qué tengo que sentir que Benedicto XVI es mi pastor?
¿Por obediencia? Cada vez que veo una foto de ese hombre me estremezco. No me gusta su mirada. Hoy me llegó un comentario hecho por él en el Evangelio del Día, y me sentí un tanto invadida en mi libertad de pensamiento, si es que hay tal cosa.
El hecho de que todos los Cardenales lo hayan nombrado vicario de Cristo no lo convierte automáticamente en tal, porque hay que cargar con la Cruz de Cristo para ser como Él.
Supongo que no todos pueden tener la misma grandeza de Cristo, pero Juan Pablo II, aun con todas sus flaquezas, era un hombre bueno. Y yo no veo frutos en este Benedicto. No veo frutos de ningún tipo. Todas las noticias que me llegan de él, son pálidos reflejos de lo que era Juan Pablo II. Y eso es preocupante, porque el árbol se conoce por sus frutos.
¿Y qué pasó con la probreza evangélica? ¿Por qué el Papa está exento de ella? ¿Por qué los Obispos están exentos de ella? El Hijo del Hombre no tiene dónde descansar su cabeza.
Yo sinceramente no veo en Ratzinger nada que lo haga merecedor de ser llamado Vicario de Cristo. Pero tiene tiempo, al igual que todos. Tiene hasta el último segundo de su vida, porque los trabajadores de la última hora reciben el mismo salario que los que trabajaron todo el día en la Viña.
¿Pero no tendría que apacentar a las ovejas de Cristo? ¿No es ése su cometido principal? ¿Y qué es lo que apacienta ese hombre? Los jóvenes casi no van a misa. Los cristianos están divididos en montones de congregaciones de distinta denominación. Vive en el lujo, y permite que toda la curia romana también lo haga. Privilegia instituciones de ricos dentro de la Iglesia, pero a movimientos que luchaban por los pobres los silencia.
Ése no es mi Pastor. Es un hombre que necesita muchísimo del Amor de Dios, y del de los hombres.
El hecho de que todos los Cardenales lo hayan nombrado vicario de Cristo no lo convierte automáticamente en tal, porque hay que cargar con la Cruz de Cristo para ser como Él.
Supongo que no todos pueden tener la misma grandeza de Cristo, pero Juan Pablo II, aun con todas sus flaquezas, era un hombre bueno. Y yo no veo frutos en este Benedicto. No veo frutos de ningún tipo. Todas las noticias que me llegan de él, son pálidos reflejos de lo que era Juan Pablo II. Y eso es preocupante, porque el árbol se conoce por sus frutos.
¿Y qué pasó con la probreza evangélica? ¿Por qué el Papa está exento de ella? ¿Por qué los Obispos están exentos de ella? El Hijo del Hombre no tiene dónde descansar su cabeza.
Yo sinceramente no veo en Ratzinger nada que lo haga merecedor de ser llamado Vicario de Cristo. Pero tiene tiempo, al igual que todos. Tiene hasta el último segundo de su vida, porque los trabajadores de la última hora reciben el mismo salario que los que trabajaron todo el día en la Viña.
¿Pero no tendría que apacentar a las ovejas de Cristo? ¿No es ése su cometido principal? ¿Y qué es lo que apacienta ese hombre? Los jóvenes casi no van a misa. Los cristianos están divididos en montones de congregaciones de distinta denominación. Vive en el lujo, y permite que toda la curia romana también lo haga. Privilegia instituciones de ricos dentro de la Iglesia, pero a movimientos que luchaban por los pobres los silencia.
Ése no es mi Pastor. Es un hombre que necesita muchísimo del Amor de Dios, y del de los hombres.
14.8.06
El porqué
Esto realmente sucede porque estoy desempleada y con mucho tiempo para hacer cualquier tipo de acciones, algunas de las cuales se desencadenan de modo favorable, y otras cuyo desenlace es al menos, discutible. Como ¿ésta? Ni siquiera estoy muy segura de que esto del blog vaya a ser permanente: tiene toda la precariedad de cualquier otro experimento. Pero siendo algo conectado con la exteriorización de pensamientos, sentimientos y pasiones, puede ser que se perpetúe.
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